EL RELOJ (Revisado/Relato)
He recibido tu mensaje…
Te escribo todo esto a las tantas de la madrugada, con cierto agobio y como con prisa. Y digo lo de a las tantas porque prefiero no concretar las horas con el reloj que hay en una de las baldas de la mesa del ordenador y centrarme en los textos. Cuanto más inconcreta y más insegura sea la hora, menos me apurará continuar con lo nuestro.Por cierto, que este reloj de propaganda de cierta empresa de nombre FINALSA (según reza grabado en su parte inferior izquierda) tiene una forma acampanada muy especial. Sólo le falta el badajo. Tal vez por eso parece estar siempre a punto de dar la campanada sin poderlo hacer. Se diría que es como una persona sin miembros, impedida, a punto de dar un porrazo a alguien y fuera de sí por no permitírselo su estado. Tampoco tiene alarma ni sonido alguno. ¿Dónde está el clásico tic-tac rítmico? A alguien se le olvidó ponérselo.
Y, no obstante, desde el principio me resultó curioso y atrayente. Así se lo manifesté a Narcís, la persona que me lo regaló, la primera vez que lo vi en su casa.
No creo, por cierto, que lo conozcas. Ni a él ni a su hermana June, dos hermanos con los que trabé cierta amistad como consecuencia de mi trabajo. No viene al caso el hecho y momento en que coincidimos. Baste decir que viven en la zona en la que yo desempeño mi labor y tras de cruzarnos en varias ocasiones por distintos motivos, en la calle, en el bar...un par de cafés y algunas que otras risas, congeniamos e hicimos una auténtica hermandad. Esta es la causa de que me invitaran a su casa alguna que otra vez.
He de decir que Narcís es una persona de aspecto agradable y atractivo, pero un tanto prepotente y adusto cuando se le lleva la contraria; un "tipo raro" por definición. Ahora bien, la que verdaderamente resulta espectacular por las formas y las maneras es su hermana. Elegante, morena, discreta, amable, nariz respingona y con un cuerpo mareante. Y sobre todo, un olor entre personal y perfumado que induce a pensamientos si no prohibidos, sí al menos al límite de lo permitido.
Lamento que al describirla mezcle su naturaleza física con su idiosincrasia moral, pero, a decir verdad, es una mezcla por la que se podría perder la cabeza, como con los mejores cócteles.
Pese a que le hubiera manifestado a Narcís mi interés por el reloj, fue finalmente ella la que lo puso en mis manos pocos días después de que el primero desapareciese extrañamente. Sabiendo que su hermano me lo había ofrecido anteriormente como regalo por ciertas gestiones que yo había realizado a su favor, me lo entregó de su parte. No sin dejar de comentar su sorpresa por la ausencia de su hermano, de más de una semana sin noticias ni comunicación ninguna, extraño en él. Si bien restó importancia al asunto con una frase del tipo… " Seguro que alguna de sus amigas lo tiene muy ocupado para llamar".
El único problema es que el dichoso aparato nunca ha funcionado en condiciones. Lo he puesto en hora infinidad de veces. Sin embargo, así como el minutero y el segundero parecen marchar regularmente, la manecilla de las horas llega a las ocho en punto y no pasa de ahí. Y encima no hace, como digo, ni el más mínimo sonido. No soy relojero, pero sí lo mínimamente inteligente como para sugerir que este aparato tiene irónicamente alguna fijación con esa hora. Y no hay manera de que traspase por sí sólo ese punto. Lo he inspeccionado un montón de veces y no le observo resalte, obstáculo o impedimento ninguno. Y el caso es que cuando giras la cebolleta para ponerlo en hora pasa regularmente de dicha hora y vuelve a contar regularmente.
He pensado en tirarlo a la basura, mas la verdad es que es demasiado bonito para eso. También se me ha ocurrido sacarle la pila y dejarlo de adorno. Pero ¿de qué sirve un reloj si no da las horas? Y tener por arte decorativo un objeto con marca de propaganda...tampoco resulta de muy buen gusto.
El asunto es que, cada vez que me siento al ordenador, no puedo dejar de mirar el artilugio. Las manecillas del minutero y el segundero corriendo como con prisa, como si fueran a llegar tarde a las ocho en punto. Y luego de ponerlo en hora, tras ausentarme y regresar a una hora cualquiera, ahí están las ocho clavadas de la saeta de las horas, sin falta. Y ¿por qué precisamente en ese punto?
************************************He recibido una llamada de June preguntándome si he tenido noticias de su hermano por un casual. Al responderle que no, me ha transmitido su preocupación, ya que su hermano no contacta con nadie hace más de un mes. Tras de interesarme por ella y decirle “tenemos que vernos” (y no era una frase hecha), le he referido mi asombro con el reloj. Ella me ha comentado a su vez que su hermano también tenía cierta obsesión con el aparato. Que, en parte, ese era el motivo de querer desprenderse de él.
Recientemente, me he dado cuenta de que, en realidad, nunca ha coincidido el estar yo a las ocho horas del día ante el ordenador con las ocho del reloj. Mejor dicho, lo cierto es que nunca he estado ante él (a partir de ahora me referiré como” él” casi siempre que me refiera al reloj) a las ocho P.M., cuando ya oscurece o ha anochecido.
Llevaba muchos días dándole vueltas a la cabeza toda esta inquietud, y en cierta ocasión me atreví a esperar que coincidiera la hora inmóvil con las ocho A.M. Puse las manecillas a las 07,30 horas en que me levanté. Con bastante tensión cuando ya llegaba a las ocho, comprobé al dar la hora que no había ningún problema. Él se clavaba y pasaba de ese punto sin más. Eso me hizo sospechar que o me estaba obcecando sin ninguna razón, o la hora crítica cuestionada deberían ser las ocho P.M. Eso sí, él seguía sin emitir un sólo sonido.
En otra ocasión, también reuní el coraje para aguardar con la intención de estar presente cuando dieran las ocho P.M. Apenas faltaban cinco minutos para ese momento. Mi mirada acechaba enfrente del ordenador y de él, de espaldas a la puerta y el pasillo. De pronto se me erizaron los pelos de la nuca y, con vista periférica, vi o creí ver cómo por la espalda atravesaba el pasillo una sombra fantasmal, como una neblina silueteada. Salí rápidamente pese al temor y mis dudas. Aun así, no conseguí vislumbrar nada específico, salvo una veloz bruma que se desvaneció inmediatamente.
Ipso facto, sonó el teléfono. Me Llamaba mi madre, que había sufrido un percance y reclamaba que me acercase cuanto antes a su domicilio para acompañarla al hospital. ¡Y justo cuando únicamente quedaban cuatro minutos para que diesen la ocho! Así que, turbado, tuve que abandonar el piso apresuradamente sin terminar de desentrañar el dilema, desazonado y con una sensación de pánico que no podía quitarme de la cabeza. Por suerte, al menos, lo de mi familiar no fue nada.
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Días después, me topé a June en la calle Bidebarrieta. La encontré mucho más demacrada, aunque rabiosamente bella. Le di dos besos en la mejilla. Si bien ella pareció dárselos al aire, tal como hacen los parientes lejanos o altivos. Ni tan siquiera tuvo un gesto de sorpresa o agrado.
- Si quieres hablamos y tomamos un café.
- No tengo mucho tiempo y poco de qué hablar -repuso casi sin mirarme.
- Siempre podemos hablar del tiempo-propuse -. Del tiempo en que no nos vemos. Del tiempo que hace que estoy deseando verte…
Por momentos la calle pareció vacía. Todo quedó en el aire. Detenidos, nos contemplábamos a través de los escaparates cercanos a la plaza, como en un juego de espejos y miradas huidizas. Hasta ese momento no me había dado cuenta, pero pude notar también que había desaparecido su olor.
- ¿Sabes? -me dijo como ida-. Hace cosa de tres meses que no tenemos noticias de mi hermano. Ni una llamada, ni un mensaje. Nadie lo ha visto.
No supe qué contestar. Caminamos un rato hasta llegar cerca del Ayuntamiento, sin apenas cruzar palabras con contenido; las justas para darnos noticia somera de nuestras vidas.
Por último, antes de despedirnos, se detuvo y me espetó con un tono que más tarde he interpretado como profético…
- Cuídate. No pierdas el tiempo.
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El tiempo no sólo es elástico (corto cuando pareces ser feliz y largo en momentos de peligro). Es, sobre todo, una amenaza porque dispone de ti. Cuando menos te lo esperas no tienes ni un lapso para reaccionar. Nunca sospechas, por ejemplo, que un coche va a cruzarse en tu camino. Y entonces ocurre. Ya no hay tiempo, tu ciclo se ha acabado y no eres más que un bonito cadáver (no sé dónde he oído estas palabras). O un muerto destartalado. ¿Quién sabe? ¡Y qué más da!
Pero no nos perdamos en divagaciones filosóficas. Esa misma tarde del encuentro, acuciado y molesto por el matiz de desdén o desinterés mostrado por June, decidí poner fin a la zozobra que me turbaba con respecto a él. Tomé asiento delante del ordenador, me armé de paciencia y valor; y, cuando faltaban escasos minutos, esperé a que dieran las ocho. Un par de únicos minutos me separaban de la resolución de toda aquella agitación. Sin embargo, el nerviosismo era tal que las ganas de orinar fueron superiores a mi continencia. Salí disparado al servicio a sabiendas de que me daría tiempo a estar a la hora del dictamen final. Casi no lo consigo, mas, unos segundos antes del instante crítico, logré llegar al umbral de la habitación del ordenador. Y ¡cuál no sería mi sorpresa…!
- Pero ¡no puede ser! Parece que hay alguien delante del ordenador. Y esa persona, este espeluzno, ese alguien… parece que soy…YO.
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