Tendríamos que salir disparados mi madre y yo o no llegaríamos al toque de sirena de entrada al colegio. El desayuno desapareció en nuestras bocas, así pues, con un pase de manos, mágicamente. Apenas se notaba el bulto en los carrillos. Pero cada día me costaba más animarme y ponerme en camino. Y el ascensor, que no acababa de llegar, se resistía a atender a nuestras llamadas reiteradas. ¡Por fin llegaba! En el portal saludamos a Andrés, el conserje, quien no tuvo mejor cosa que hacer que apremiarnos, aunque amigablemente, con su “buenos días, si no os dais prisa, llegaréis tarde”. ¡Como si no lo supiéramos! El día estaba nublado, pero no parecía amenazar tormenta. En todo caso en el trayecto no tardábamos más de quince minutos. No había por qué temer. Enfrente de nuestro bloque ya esperaban al autobús Amaia, la vecina, y sus hijas con el vestido de uniforme de su centro educativo privado. ...