RECORDAD INOCENCIA PERDIDA (Relato-fotografía)

   




                                                    - Mamá, ¿por qué las flores envejecen en tan poco                  tiempo?                                              

                                                  - Quizá porque si su belleza permaneciera no existiría

                                                                                                                                                                                                      otro paraíso.                                                                           

 

 

        ¡Mirad entre mi ligera escritura!¡Un poco más allí! Si observáis atentos por entre el agujero de la “o “quizá logréis ver… ¡Sí, ahí!, junto al silencio de la “s”, al feliz álamo, que respira entre las grises piedras iguales de esas casas bajas tan humildes en la soledad de su reducido parque. Sí, ahí, al lado de unos viejecitos y viejecitas que se confunden con el color descolorido de los hogares. Y además… ¡ahora lo veo mejor!, un poco en su margen inferior un chicuelo cerca del perro dormilón, ¡¿no lo veis?! Es un muchachito que creció con las mismas raíces del árbol. Sus ojillos no señalan vida alguna. Pero al sentir que el calor del reflejo solar en una hoja llamaba a sus párpados, despliega las pestañas y entorna sus verdes pupilas. Y, sin embargo, no se le ve reír. Alguien dice que el miedo, en un descuido del cariño, su adorable madre, rompió el tierno labio; y al niño se le olvidó sonreír.

     Sus manos suelen hablar de la compasión que producen sus perezosas piernas. Santiaguillo es inválido desde hace mucho tiempo sin saberse el motivo. En este día otoñal el perro se fijó en que, frente a él, un poco más adelante, alguien había dejado olvidado un violín. Un poco sucio y raído, pero de esbelta silueta. Aunque pocos lo hubieran dicho, pues no destacaban sus cualidades en la tierra. Así se lo dijo a Santiago. Pero sus dedos no alcanzaban a tocarlo. Y la inseguridad tampoco le permitía siquiera el intentar agarrarlo. Tal vez las cuerdas del violín ni tan siquiera le harían caso, pensaba, o acaso sus menudas manos no sabrían tratar con dulzura la belleza madura del instrumento: ¡me da pena pensar que su agradable compañía pueda abandonarme! Si me atreviera… ¿Por qué no he de pensar que ha querido venir él mismo a contarme sus pequeñas aventuras? ¿Por qué no puede ser que un poquillo de su afecto me haya tocado a mí? No sé…, quizá pudiera con esfuerzo decirle algo, tocar su boca abierta a todo el mundo y a la vez tan discreta. Siempre pasa desapercibido, acomplejado entre los demás. Sin embargo, muchas personas se fijan en él. ¡Cuánto me gustaría tenerlo entre mis brazos!

     Algunas personas pasaron bien abrigadas alrededor del delicado instrumento, pero lo despreciaron. O tal vez tampoco se atrevieron a dirigirle la mirada. Quizá ni siquiera lo vieron. Algunas hojas más se deslizaron a su entorno, aunque sólo una se posó suavemente a gozar de su compañía. Era un retoño juvenil desgajado, una lámina fuerte brotada de un poderoso nudo con irisados matices cristalinos. En su insinuante revoloteo rasgó una nota monocorde. Santiaguillo no supo adivinar el sentido de esta respuesta incomprensible. Es posible que no quisiera darse cuenta, o que deseara averiguar sin un motivo razonado el mensaje exacto de la réplica. Acaso le dio la impresión de que el sentido instrumento agradecía la parda y verde presencia y se equivocó. Sólo logró enarcar su rubia ceja en un gesto ceñudo… ¿de melancolía?

   - ¡Qué podría hacer para disputar a nadie lo que cualquiera, menos yo, tendría opción a conseguir! -meditaba-. ¡Quién soy yo… apenas un torpe paralítico!

     Pudo una sospecha leve penetrar en la mente adolescente para marcar con duro acento lo que una vida no pudo dañar. Se acordó de pronto que hubo otro tiempo en que no se sintió inferior, en que su aspecto, ahora indefenso, no fue tan insignificante; entonces la alegría era natural y su ambiente era otro. Sin duda, pronto se le ocurrió eso de…” ¡ay mi querido desgraciadillo!, ¿hay por qué sentirse tan afligido? ¡Tal vez sí! ¡¿Por qué no seremos perros o críos subnormales? ¿Por qué tuvimos que nacer?!  ¡Pero entonces no hubieras sido capaz ni de sentir eso!... Aun así ¿es preferible?”

     Tan rápidamente como llegaron esos pensamientos y sueñecillos se ocultaron en su melena teñida de sol. No supo la causa de que apareciera en sus ojos aquella mirada amparada en el odio. En su venganza infantil creyó que la alegre hoja madura se iba secando. Poco a poco las fibras de su cuerpo se hundían en la tierra y se desgajaban. Y un asomo de brisas se llevaba el recuerdo de la orgullosa planta.

     Se dio cuenta de que sus manos se crispaban alrededor de las seguras raíces, ocultándose al celoso furor. Mientras tanto las hojas seguían recortando su figura en la estampa juvenil del viento. Una y otra vez pasaban como caras sin nombre delante de él. Muchas se vistieron de puritanos rasgos afligidos ante sus serenas piernas, personas de cuerpo y rostro desconocido, pero de cientos de sentimientos comunes.

     Santiaguillo vivió en un instante todo aquello que su estado de pésima tranquilidad no le había sabido dar. A su primitiva experiencia se añadió ese sutil contacto con la senectud viajera. Asomó a su presencia una solución fácil, la indiferencia. Y se dijo que… ¡a quién importaban las preferencias del mecánico instrumento! ¡Total, ¿para qué me iba a servir?! Distinguió en seguida, sin embargo, la poca sinceridad de esa idea y del aspecto fingido en su semblante. Había aprendido en un momento la carga convencional de una existencia.

     Miró sin ver hacia todos lados, al cielo de limpios contrastes azules y llovizna gris, a las moradas de los hombres tercos que se empeñan en seguir su austera vida con un poquito de sal o azúcar. Únicamente el perrucho pelón levantó el hocico y comprendió lo que pasaba por su mente, antes plagada de néctar de ilusiones. Sus inconsolables ojos, llenos de una vaga y profunda depresión, hundidos en las cuencas de los pesares vistos, brillaron en su constante quietud.

     En un principio no hizo caso de los consejos del animal acompañante de sus últimos años. Se limitó a sentir con la mirada vacía el disminuir perezoso de los cegadores rayos, ya sin energía, con un bostezo de aburrimiento. Debió querer contemplar la inequívoca presencia recién nacida del fantasma lunar, con su misterioso vagar. Y se detuvo a oír y examinar las últimas hojas que seguían cayendo y las pocas personitas que aún pasaban con la rapidez del gamo en su tormentoso sinsabor: pobres, borrachos, indeseables, prostitutas, parejas de novios, gente adinerada que volvía a sus decentes casas, personas de bien avergonzadas después de una tarde pecadora, limpios y sucios y todo mezclado, incluso en la misma persona.

     -Me veo tan rebajado, tan indeciso… ¡No sé! Debería hacer algo, pero… ¿qué? No me atrevo a levantar siquiera mi intranquila visión. ¡No sé, no sé! ¡Debería reaccionar! Es por mí por quien necesito levantarme, huir de mis cimientos y nacer. Dejar de sentirme tan solo como nunca en la pesadez de mi aposento de hastío, aunque mis piernas… ¿A quién recurrir? ¿En quién apoyarme? Este “enternecedor paisaje”, que antes me daba confianza, ahora me pudre, me revuelve el estómago.

     Sus pómulos sobresalieron, sus ojos se juntaron en una línea divisoria entre el cabello y la nariz, arrugada por la ira. Sus dientes crujieron. La tez morena enrojeció, luego fue cambiando de color hasta el negro del humo. Y su faz se rehízo en una mancha porcina.

     Quiso gritar, pero nunca aprendió. Ahogó un chillido de pedrusco de páramo desértico y la pizarrosa boca se abrió para no dejar salida a ningún sonido. Y pese a que su mueca de dolor impresionara a alguien, la indiferencia fue total. Su perro se marchó cansinamente entre lentitud y torpeza. Había realizado su importante función, pretendiendo ocasionar un bien, servir, ser útil a quien le había guarecido.

     Pudo ser que Santiaguillo ni siquiera hiciera esto. Seguiría sentado y acabaría siendo talado como el álamo mientras el violín se extinguía pisoteado como un trapillo de lana. O incluso, ¿por qué no?, que aconteciera el milagro: las piernas de Santiago van adquiriendo fuerza, agarrándose a una rama; después dar un paso, las palmas hacia arriba; acariciar torvamente el contorno delicado del violín y vagar por las estrechas callejuelas con cierta melodía feliz.

     Pero y si ocurriera que nuestro humilde títere acabara por intentar erguirse por su propio pie: entonces los desacostumbrados pilares se cruzaron, trastabillando; el cuerpecillo de esparto se dobló por su vacilante talle; la ridícula curva se derrumbó antes incluso de conseguir izarse; la cuerda del manipulador de marionetas que movía sus manos, tronchada, hizo moverse a estas ineficaces palas matamoscas de espantapájaros con aspavientos de cuervo muerto. Tras de su infortunado paseo, agachó la olla de sus sueños. El suelo se acercó aceleradamente. Cerró los ojos sin esperanza. Las sienes le retumbaron. Su simpático cráneo se abrió. Sonido hueco de amistad. Quietud imperturbable. Vientecillo. Sosegado. Oscuridad. Sereno. Silencio. Nacer. Nadie. Vivir. Niebla. Morir. Paz.

     Detuvo su andariego paso el sangriento hilillo limpio, de un cárdeno esponjoso. Y, sin embargo, aquel sólido murmullo del golpear, en apariencia vacío y falto de contenido, musitaba con profundo sentimiento una tosca música, sencilla, intuitiva, in crescendo, que vibró y retumbó entre los tendones del delicado instrumento. La réplica no se hizo esperar. El vientre y la boca del violín gimotearon con un nudo en los cordeles: “¡Si yo también quería palparte, yo también te quería…!”

      Los que al día siguiente se congregaron, sobresaltados, ante el suceso, se dijeron que no conocían la causa de tan triste noticia. No se fijaron en los ojos de un sucio chucho, ni adivinaron en ellos que padecían al considerarse culpables pensando… “Eran como dos trenes que corren juntos sin verse y en un recodo del trayecto se cruzan, precipitados a cambiar, se estrechan la mano y se autodestruyen.”

 

 

Supe de un hombre varado

en un perfil sietemesino ausente.

Y vino otro, ¿mujer acaso?,

de mascaradas simiente,

 que malogró su aliento y ánimo.

 

 Es muy difícil abdicar

 de vida fácil, pero el desenlace

de la historieta algún día… ¡zas!

lo hallaréis, sí, pues yace

con el pavor de sentirse nadie.

 

     No, amigo mío, es ahora cuando debes alegrarte. Yo te invito (sin ningún ánimo moral, sino porque al muchacho le sirvió) a que siempre que puedas, intentes alcanzar tu estrella.

 

 

                               

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