AL COLE (Relato)

 




       Tendríamos que salir disparados mi madre y yo o no llegaríamos al toque de sirena de entrada al colegio. El desayuno desapareció en nuestras bocas, así pues, con un pase de manos, mágicamente. Apenas se notaba el bulto en los carrillos. Pero cada día me costaba más animarme y ponerme en camino. Y el ascensor, que no acababa de llegar, se resistía a atender a nuestras llamadas reiteradas. ¡Por fin llegaba!

     En el portal saludamos a Andrés, el conserje, quien no tuvo mejor cosa que hacer que apremiarnos, aunque amigablemente, con su “buenos días, si no os dais prisa, llegaréis tarde”. ¡Como si no lo supiéramos!

     El día estaba nublado, pero no parecía amenazar tormenta. En todo caso en el trayecto no tardábamos más de quince minutos. No había por qué temer. Enfrente de nuestro bloque ya esperaban al autobús Amaia, la vecina, y sus hijas con el vestido de uniforme de su centro educativo privado. ¡Las muy pijas! Las saludé mientras les decía que íbamos con prisa. ¡Ya lo sabían, por supuesto! ¡Y con lo apurados que íbamos, y un poco avergonzados por no prepararnos antes!

     Al pasar la carretera le advertí que tuviera cuidado porque andaba obcecada por la tardanza y no se daba cuenta de lo aprisa que venía aquel coche al atravesar el paso de peatones. El frenazo y mi gesto de enfado la sacaron de sus pensamientos.

     Al poco ya se oía el choque de la madera contra el suelo o contra otras maderas. Era el chasquido característico del impacto de los bolos. Nos acercábamos a la bolera, que apenas distaba cinco minutos de casa, frente a los ajardinados de la zona residencial, y a esas horas ya estaban jugando. Cuando ya habíamos pasado, comenzamos a notar las primeras gotas de lluvia. Le dije a ella que fuéramos pegados al muro que bordeaba el cementerio municipal por el que pasábamos todos los días, salvo los fines de semana o las vacaciones. Así podríamos taparnos algo. No podía reprimir un ligero escalofrío siempre que llegábamos a ese lugar. No podía acostumbrarme.   

      Sin embargo, según pasábamos delante de la puerta del camposanto, la niebla se echó sobre nuestras cabezas y el chaparrón ya nos calaba enrabietado. Tan oscuros se pusieron el cielo y las nubes que parecían querer atraparnos de un bocado. Si hubiera sido aprensivo, me hubiera dado la sensación de que el alma de algún muerto salía envuelta entre la bruma por la verja de entrada. Menos mal que faltaba poco para llegar a la escuela. El trecho que recorríamos todas las jornadas se iba haciendo cada vez más largo y más extraño.

     Pero entonces caí en la cuenta de que era miércoles. Aunque ya había cesado el acoso de los compañeros, la mala suerte no acababa ahí. Ese día de la semana a primera hora teníamos clase de gimnasia y don Cosme, el profesor, me haría ducharme según llegara. Me haría sentarme de seguido entre sus piernas y me haría cosas. No pude evitar empezar a sudar y a encontrarme mal. Mi madre estaba muy ocupada con sus problemas y no se daba ni cuenta. Yo no quería preocuparla más. Así que no sabía nada. Y yo me sentía morir.

     Sin embargo, siempre hay una salida. Aunque tuviera que cortarle los testículos al monitor… y ya tenía guardado un cuchillo en la mochila. O aunque tuviera que despedirme y desaparecer…quizá muy pronto. Sólo hacía falta subir al altísimo puente del rio junto a la estación y dejarse caer. Y sí, siempre habría también una entrada, una puerta abierta al cementerio que cruzábamos todos los días, aun a deshoras. Pronto, muy pronto.

 

 

 

 

 


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