LUZ INFIERNO (Relato- Quinta parte, final)
El calor sofocaba los impulsos y la actividad de los miembros del grupo en lo alto de la cuesta y resecaba incluso los sesos que pretendían concentrarse en nuevas melodías. La tensión soportada las últimas veinticuatro horas se había relajado tanto que los había llevado al extremo contrario. La atonía y el despego se adueñaron de su ánimo. Sólo las tareas cotidianas de subsistencia parecían tener cabida.
Reunidos en el
porche exterior una vez que comieron, volvió a suscitarse la controversia sobre
el cariz que habían tomado los acontecimientos y las consiguientes perspectivas
de actuación futura.
-No comprendo con
qué fin te ha dejado esa arca con plantas tan propias de las brujas como si
fueras su discípulo – preguntó Irma a Bj.
- Supongo que lo
ha puesto en mis manos por ser descendiente de los antiguos propietarios, pero creo
que su intención era que dispusiéramos todos de estos elementos para que
hiciéramos con ellos lo que quisiéramos.
- Bien, pero no
me negarás que todo eso de que su madre nos estaba esperando es una auténtica
locura.
- La verdad es
que, desde que hemos llegado a este lugar, cada persona, cada hecho es a cuál
más raro – sopesó Gu.
- Si, por cierto.
Esta gente no tiene parangón con nadie que yo haya conocido – confirmó Yinky.
- En cualquier
caso, todo este asunto me produce un cierto repelús – opinó Sara.
- De todas formas,
yo no sé qué intenciones tenéis, pero a mí no se me ocurrirá probar esas
sustancias – declaró Irma con un gesto de rechazo.
- No sé a qué
viene tanto canguelo con estas hierbas. ¿Acaso no os habéis metido coca o
L.S.D. sin tantas historias? Y teniendo en cuenta que son materias naturales,
mientras que las pastillas y cosas así son pura química… ¡que no lo entiendo,
vamos! Yo ya os digo que tengo que conocer qué hay detrás de todo esto – refutó
Bj lo dicho por Irma.
- Ya estoy harto
de hacer lo que dictan mentes catetas, absurdas y ridículas como las que
mantienen los lugareños. Yo también quiero entender qué hay en lo profundo de
todo esto – recalcó Tec.
- Aunque no forme
parte del grupo, en realidad, si me lo permitís diré que yo nunca me perdonaría
pasar sin probar esta experiencia – repuso Alberta.
Avanzaba la tarde;
la calima y el resol difuminaban las siluetas. Tan enfrascados estaban en el
debate que ni siquiera percibieron la repentina aparición de Aldonza.
-No quisiera
interrumpiros, pero ayer tuve un olvido imperdonable. Además de lo que os
entregué tengo otro obsequio para vosotros. También fue mi madre la que
insistió en que os lo cediera como legado. Es un pergamino que leían en sus
rituales, aunque vosotros no tenéis ninguna obligación de emplearlo – dijo
ofreciéndoselo a Bj-. Eso sí, espero que hagáis un buen uso de todos los
elementos.
Dicho lo cual se
dio media vuelta alejándose y dejándolos nuevamente pasmados. No pudieron hacer
acopio del valor suficiente para rechazar o preguntarle nada. Bj retornó al
interior del caserón con la intención de calentar agua para hacer una infusión
con las semillas halladas en la caja. En tanto la dejaba reposar una vez hecha,
recordó los hábitos del desván y se propuso reunir el material necesario para
ensayar un ritual de misa negra en la ermita, aunque tuviera que hacerlo él
solo.
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La penumbra
avanzaba al igual que lo hacía el crepúsculo en el interior de la capilla. Los
oficiantes envueltos en sus prendas talares negras y cubiertos con la capucha
se aprestaban para iniciar el ceremonial. Las temblorosas luces de las teas y
los cirios producían unas imágenes que parecían desarrollarse a cámara lenta.
Las propias cruces colgadas del revés parecían a punto de desplomarse al suelo.
En un panel grabado con el pentagrama brillaban velones en cada punta de la
estrella, difuminando el escarabajo y los tres seises engarzados en pedrería e incrustados
en él. El sagrario abierto semejaba una boca abierta a una garganta negra. El
humo del incienso se mezclaba con los vapores desprendidos del copón en el que
reposaba la infusión extraída de las oscuras semillas. En un movimiento rápido
Bj, que actuaba como maestro del oratorio, lo depositó sobre la mesa con forma
de mujer desnuda, apoyada en sus cuatro miembros y boca arriba, que habían
descubierto en el desván.
Bj había
conseguido estimular al resto de sus amigos a colaborar en el rito como
acólitos. Irma, no obstante, se había negado en redondo a tomar sustancia
ninguna o a colaborar en el evento. Únicamente consintió en estar presente por
si fuera necesaria su ayuda caso de que alguno sufriera un contratiempo o
malestar; proporcionaría su apoyo si fuera imprescindible. Verónica y Sara
accedieron a untarse el ungüento por las axilas y el cuello como describían que
hacían las brujas y magos en los viejos tratados referidos al aquelarre. Los
demás, incluida Alberta, aceptaron seguir el proceder determinado por Bj,
suscribiendo sus designios e indicaciones.
Mientras se
aplicaban el aceite las primeras, Bj fue pasando de mano en mano el copón que
le había pasado Alberta y del que los prosélitos libaban un par de sorbos
después de haberlo hecho él. Seguido a cada ingesta, con una tintura blanca
aplicada en una patena dibujaba un número seis en todas las frentes, los pechos
y los vientres. Acabado este trámite, tras la mesa del altar, levantó cáliz y
bandeja, cada uno en una mano en señal de ofrecimiento, para dejarlos de
seguido en la mesa. Acercándose al tabernáculo procedió a sacar otro platillo
con las formas que también elevó sobre su cabeza. Pasando al otro lado del
altar, el que correspondía a los feligreses, puso una hostia en la mano de
todos ellos y les comunicó que, en el momento señalado por él, deberían
arrojarla al suelo y pisarla después de haberla rociado él con el aspersor relleno
de orín de animales, y simultáneamente repetirían la frase “apostasía sobre
ti”.
Ejerciendo como
nigromante maestro, Bj dirigió su vista al exterior del arco que se abría en la
parte superior del templo y, clamando, comenzó las invocaciones.
Repetid conmigo: Padre
Lucifer, que desde el infierno estás en todas partes. Pater Satanas, ora pro
nobis. Maneat totum in perfectione irae, nihil intra. Seremos como dioses, nos
guiará el odio. Sentiremos y poseeremos la energía del cosmos, y seremos sus
esclavos. In aeternum veniat homo divinus. Moriremos para renacer. Entregamos
el cuerpo y el alma para recuperar nuestro espíritu.
Un coro de voces
devolvía como un eco las palabras. Los primeros signos de aturdimiento
empezaron a aflorar en los rostros luminosamente enrojecidos. En la mayoría de
los corazones el ritmo cardiaco se sometía al lento silabeo de la letanía, a la
cadenciosa música de una morosa pronunciación. Las voces sonaban como un
murmullo lejano, como el crepitar de un fuego presentido. Tec, Gu y Yinky
respiraban tortuosamente, cual un fuelle que ralentizara su impulso hasta
convertirse en el soplido de una grave brisa. Los ojos de los adeptos perdían
discernimiento, convirtiendo las formas en manchas borrosas que se desplazaran
como gotas de agua resbalando por un cristal. La sensación de sequedad en el
paladar era mucho mayor que la sed de la resaca. Notaban el calor interno
causado por su estado febril. La conciencia se perdía en una especie de letargo
que les impedía diferenciar lo que se hallaba en derredor, olvidándose de dónde
estaban incluso. La sensación de sentirse perdidos les dominaba.
-Aquí estamos
presentes, nos hacemos presentes, renacemos al presente…presentes,
presentes… - una voz profunda de
nigromante se apoderó de Bj.
La mayor parte de
las expresiones formuladas por el oficiante se perdían en una dicción falta de
nitidez, apenas audible y comprensible para los aturdidos cerebros. Con una
sensación de nausea, los cuerpos de los acólitos varones se doblaban por la mitad
contrayéndose. Los espasmos de los vómitos se anunciaban persistentemente, al
mismo tiempo que los intestinos reclamaban una pronta evacuación.
Una vez desatado
el nudo del pliego enrollado que le había entregado Aldonza, poniéndose de
espaldas a los seguidores, resonó la voz atronadora de Bj. Con una declamación
ahora perfectamente vocalizada, leyó el texto escrito en él.
- “Padre Satanás,
que habitas tierra y agua, aire y fuego, santifícanos confesándonos tus
nombres, confíanos a tu ser. Tu reino sea el nuestro. Que tu voluntad sea la
nuestra aquí y siempre. Aliméntanos con tu sangre y con tu carne para darnos la
sabiduría. Vénganos de quien nos ofende, nunca más haya culpa o compasión. Sólo
cumple nuestros deseos y perversiones. Cúmplase y reine el caos y el mal.
Brille la luz oscura del averno”.
Sara y Verónica también
notaron que se les nublaba la vista. El mareo les hacía cerrar los ojos y
percibir así que los latidos de sus corazones se retardaban hasta casi no ser perceptibles.
El sopor vencía su ánimo y la amnesia sobre el lugar, el tiempo y la razón de
que se encontrasen allí se adueñaba de ellas. Saliendo del santuario
perseguidas por Irma, iniciaron una danza ritual agitando los brazos de arriba
abajo como si volasen. Entretanto Alberta, desmayada y con sensación de
vértigo, se había despojado del hábito y desnuda acababa de acostarse boca
arriba sobre la mesa del oficiante. El deseo sexual que le urgía confirmaba el
cariz afrodisíaco de las pócimas del que tanto hablaban los relatos sobre
brujas. Gemía y sacudía la cabeza de derecha a izquierda de forma acompasada, semejando
el movimiento de la testa en una marioneta accionada reiteradamente por su
manipulador.
Como en un
encantamiento que les pusiera en trance, cuantos quedaban dentro de la ermita
oyeron el sortilegio y parecieron recuperar la conciencia del ritual. Bj se
había desprendido de su atuendo, quedando desnudo como Alberta, que actuaba de diaconisa.
Con el aspersor, bendijo el recinto, las obleas y a los celebrantes. Un ruido
de arrastramiento casi metálico se hizo patente como una reverberación del interior.
Algo se movía entre el suelo de madera, un sonido semejante al resbalar sinuoso
de gusanos e insectos oscuros. En las mismas paredes se apreciaba el reptar de escarabajos
y cucarachas. Un crepitar como en sordina, como el fragor del mar a lo lejos,
se percibía, sirviendo de fondo a los vocablos y oraciones. Extrajo otro copón
del sagrario, en el que se había dispuesto sangre de gato negro mezclada con
hojas de belladona y lo fue ofreciendo a los congregados. Seguidamente se situó
a los pies de Alberta y tras arrastrarla por los pies hasta dejar sus nalgas al
límite de la mesa la penetró.
Después, nuevamente
de espaldas, en tono de murmullo, Bj compuso cierta melodía, una especie de
letanía sincronizada al serpenteo de vida de los muros y la tarima. Sin darse
la vuelta, ordenó a los adeptos que tiraran las obleas y las aplastasen con el
pie, exclamando la imprecación que habían memorizado. El tatuaje del murciélago
en el torso desnudo rubricaba su contorno con un hipnótico brillo
incandescente, cobrando relieve y movimiento. Asimismo, las grietas y
encuentros de las piedras en las paredes refulgían cual fuego.
Tec se acomodó
ante el órgano y, mientras canturreaba como rumiando, hizo sonar con un grave
gemido las bocas de los tubos abiertas tras el instrumento. Hablaba y entonaba
para sí. Lo mismo le ocurría a Gu, que semejaba estar en plena disertación y al
que nadie escuchaba, hasta que el trance le hizo tropezar y caer al piso en una
especie de parálisis que degeneró en crispadas convulsiones. El delirio le
hacía sentir como serpientes e insectos cubriéndole cuerpo y cara. Yinky, en un
arrobo místico, bailaba y cantaba, se detenía como inmovilizado en tanto
orinaba, cantaba y bailaba de nuevo. Finalmente, el mareo lo lanzó a tierra
inconsciente. El sonido del órgano se elevó hasta límites insospechados,
entonando algo así como un réquiem que evolucionó hasta convertirse en un himno.
Incluso les pareció que se alzaba el mismo techo del templo como impelido por
una fuerza imparable hasta llegar a los confines de las estrellas. La puerta entreabierta
de la capilla se abrió del todo impulsada por un torbellino de tierra que
arañaba los rostros y luego giraba hasta acabar implosionando, suavizándose por
fin convertido en un refrescante vórtice de aire. Una extraordinaria cascada de
agua salía de las profundidades por entre las losas, les rodeó los cuerpos para
izarse después hacia el sinfín del cielo envuelta en un aro de fuego. Todo este
prodigio era seguido con la vista por Bj, Alberta y cuantos eran capaces de
distinguir algo con los ojos. Un firmamento limpio y arrebatador, plagado de
astros, les contemplaba.
Entretanto las
muchachas habían dejado de manotear y se tambaleaban temblorosas. En sus
pantalones se apreciaba un corrillo húmedo desvelando que se habían orinado o
defecado por incontinencia. Cayendo al suelo, comenzaron a tiritar y, tras
sufrir como espasmos durante unos minutos, entraron en un sopor más tranquilo.
De mientras, Irma intentaba asistirlas en la medida de lo posible, dudando si
llamar a algún servicio de emergencia.
Por último, Bj se
desplomó como el resto estremeciéndose agitadamente y quedando después en un
estado catatónico.
La alborada les
espabiló con la sensación de una descomunal resaca. Poco a poco fueron
recobrando el pulso normal y la conciencia. Aun así, el equilibrio era muy
precario y les limitaba los movimientos. El despertar les hería en los ojos con
los rayos de un sol inflexible. El mismo recuerdo de lo sucedido se desvanecía
en imágenes sueltas y deslavazadas. No recuperaban el curso de los
acontecimientos desarrollados aquella noche. Quizá el olvido era producto de un
mecanismo de defensa tendente a silenciar y omitir acciones que les llenarían
de vergüenza.
Ya delante de la
casa, la sensación de sed les obligó a tomar una cantidad ingente de agua. Todo
el grupo de chicos y chicas se hallaban allí excepto Bj. El calor era
insoportable. De forma impensada, se presentaron ante sus ojos unos cuantos
hombres del poblado en una actitud entre huidiza y amilanada. Sólo unos cuantos
mostraban un talante amenazador, quejándose por el alboroto nocturno, por la
música y los gritos. Envalentonados por el recibimiento dubitativo y tácito de
los ocupantes del edificio, las posturas y conductas agresivas se
incrementaron. Temiendo lo peor, los componentes del grupo y sus acompañantes
recularon hasta las cercanías de la puerta de acceso.
En ese instante
apareció en el umbral Bj de la mano de Aldonza, a la que nadie había visto
aparecer. Sus miradas poseían la intensidad solar. Bj comenzó a abrir la boca
sin emitir sonido ninguno, pero produciendo tales vibraciones de ultrasonidos y
tan penetrantes que todos tuvieron que taparse los oídos. El pavor asomó a los
rostros de los vecinos y, casi sin pausa, se retiraron en desbandada.
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EPÍLOGO
El grupo de Rock alcanzó
en unos meses un renombre internacional motivado por su novedosa música, por
sus contactos y por la suerte. Algunos decían que tocaban como los ángeles,
como si hubieran hecho un pacto vendiendo su alma al diablo. Bj acabó mudo,
recluido en un psiquiátrico. Pero el brillo de sus ojos atesoraba todo el saber.
Alberta tomó el puesto de Bj en los conciertos. Extraía a su instrumento tales
sonidos que conseguía la admiración de todos. Acariciaba e infundía al bajo un
frenesí, una intuición y un entusiasmo que la hizo destacar como la líder del
conjunto, hasta que su estado, a punto de dar a luz, aconsejó dejar de actuar.
La herencia esotérica y la sabiduría atesorada en las antiguas culturas estaba
asegurada.
Aldonza se quedó
en el pueblo a la espera de la futura visita de la progenie de Alberta y Bj.
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