LUZ INFIERNO (Relato- Cuarta parte)

 




     La casona se recortaba al final de la pendiente con una luz espectral que salía de planta baja. Las ventanas emitían un fulgor titilante producido por la luz desprendida del fuego del hogar y de las lámparas y velas espaciadas a esa altura de la casa. Un grupo de unas veinte personas encolerizadas recorría en aquella dirección el último tramo desde la ermita blandiendo faroles, antorchas, palos y escopetas. Sus siluetas se recortaban al contraluz como una Santa Compaña vociferante, pero de paso rápido e impetuoso, cuyos himnos, rezos y salmodias fueran substituidos por blasfemias, insultos y amenazas de muerte. Acompasaban su andar a los gritos ofensivos que tildaban de diablos asesinos y de monstruos pervertidos a los ocupantes de la vivienda de la cumbre. Como un reguero de luciérnagas letales volaron en pocos instantes hasta el frente de la edificación. Todos reclamaban un castigo por el ultraje y la crueldad que habían cometido contra la pequeña del pueblo, la niña Aldonza.

     Los alaridos y el clamor comenzaron a sentirse desde el caserón. Tras haberles informado la reciente visita, resultaba evidente el porqué de aquellos bramidos, sólo en ocasiones convertidos en quejas y lamentos en boca de alguna de las mujeres mayores que componían la masa histérica. Los cuatro amigos prefirieron salir al exterior para intentar calmar a los congregados, esperándolos tras la reja ubicada en la planicie del frente de la casa, como buscando un baluarte de protección.

     Las injurias y acusaciones no cesaban. Aquel que parecía el portavoz de la horda de exaltados reclamó atención y silencio a la vista de la aparición de los cuatro amigos ante el umbral de la puerta. Viendo el peligro, habían preferido que las cuatro acompañantes se quedaran dentro para evitar riesgos innecesarios.

     -Tranquilos, tranquilos. Esperad un poco – reclamó, dirigiéndose al grupo -. Muy bien, chicos, ¿qué habéis hecho con Aldoncilla? Espero que no os hayáis atrevido a hacerle ningún mal. Si no correríais la misma suerte.

     - No sabemos de qué habla ni entendemos a qué se debe esa actitud amenazante. Si nos lo explica tal vez podamos hacerles comprender su error – se atrevió a replicar Yinky.

     - No os hagáis los inocentes ahora.

     - ¿Los inocentes? De entrada, les digo que ni sabemos a qué se refiere ni somos culpables de nada en absoluto.

     - Vamos, lleváis varios días realizando Dios sabe qué cánticos y ritos profanos. No lo sé ni me importa, pero como se os haya ocurrido hacerle daño a la niña recibiréis vuestro merecido. Y no hablo en broma. Esto no es la primera vez que ocurre y esos adoradores del maligno, de esa falsa religión, que estuvieron aquí antes que vosotros ya se tuvieron que arrepentir de algo similar.

     - Le repito que nosotros no hemos cometido ningún crimen y únicamente han podido oír cómo tocábamos algún tema musical porque nos dedicamos a ello.

     La multitud de los congregados pareció empezar a perder la paciencia agitando aquellos objetos contundentes que portaban. Uno de ellos se agachó a recoger una piedra del camino arrojándola de seguido. El guijarro impactó en la frente de Tec, produciéndole una brecha. El resto de la gente comenzó a adelantar unos pasos hacia la puerta, mientras los componentes del grupo roquero iniciaban la retirada al interior del recinto.

     Fue en ese momento cuando se oyó el sonido acompasado del trote de una mula que se acercaba, montada por una persona pequeña que apenas se distinguía a la luz de los faroles y teas. Era la niña Aldonza, que se aproximaba por la pendiente hacia ellos. Uno de los viejos reunidos corrió a sujetar las riendas, en tanto el más talludo de los del pueblo intentaba parar al jamelgo asiéndolo por la cola. La mula hizo honor a su nombre arrollando a cuantos se interponían a su paso, propinándole una espantosa coz al que se situó a su grupa y dando en el suelo con sus huesos y con algún que otro diente. La niña, con una risa estentórea y una voz cantarina pero firme e imperiosa, recriminó al pelotón de aquella gente tan obtusa y a quien les acaudillaba, Pedro, sus nefastas intenciones.

-De nuevo otra vez en las mismas. ¿Qué pensáis, volver a cometer otra carnicería como aquella? Parece que nunca aprenderéis – les gritó, soltando inmediatamente una carcajada. Que sepáis que sólo he ido a visitar a mi madre, que vive a una hora de aquí, porque se encontraba enferma, según me dijo Juanillo, el panadero, que suele pasar con la furgoneta. Mi abuela no se había enterado porque, como sabéis, no se habla con ella. Vuelvo y me encuentro con esto.

     Todos reconocieron enseguida a la chiquilla, pese a la noche, y más por su voz que por otra cosa.

     -Vamos, id a casa a avergonzaros de lo que estabais a punto de hacer y dejad en paz a esta gente – les increpó sin miramientos.

     En silencio y con gestos compungidos, los aludidos se dieron media vuelta en dirección a sus moradas. El tembloroso brillo de las antorchas y fanales que descendían por la pendiente se acompasaba al resplandor nervioso de las luciérnagas. A sus espaldas, por el contrario, se iba alejando el centelleo en las ventanas del caserón, envueltas en el halo fantasmal de la niebla que se iba acumulando a su alrededor.

     Finalmente, Aldonza se dirigió desde su montura a los jóvenes de la casa.

     -No se lo tomen en cuenta. Es gente muy provinciana y demasiado temerosa de Dios. Se alborotan enseguida por todo lo que no entienden o no responde a sus creencias.

     - Pues estábamos a punto de llamar a las autoridades. ¿Y son creyentes? – protestó Gu.

     - Por favor, disculpadlos. Hacedme el favor. Ya hablaremos mañana – y tirando de las correas volvió a retomar el camino al pueblo.

     Aquella noche ninguno de la casa de la colina pudo conciliar el sueño. Quien más quien menos se encontraba inquieto ante la perspectiva de que alguno de los pertinaces fanáticos manifestase su intolerancia de alguna manera violenta. Hablaron durante una hora sobre lo sucedido, pero el asombro no les permitió evaluarlo razonadamente ni sopesar la mejor opción. Mientras terminaban de curar a Tec, cada uno expuso sus dudas y planteamientos. La incertidumbre les hizo desistir de tomar una determinación definitiva, dejándola para el día siguiente, ya que tendrían el corazón más reposado y la cabeza más fría.

                                  **********************************

     La aurora impactó contra los cristales de las ventanas casi de forma subrepticia, sin dejarse notar apenas y sin una mínima señal de continuidad con el cielo nocturno. Las velas y candelas del interior permanecían todavía encendidas cuando las caras de sueño de sus moradores se revelaron con un contraste lechoso.

     -Muy bien, gandules, despertad. Chicos, hemos sobrevivido a la noche, así que habrá que pensar en desayunar. Salvo que penséis ayunar, voy a ir calentando la leche en el infiernillo – les propuso Gu, mientras intentaba despertar a todos.

     Cuando aún se hallaban a la mesa sonó el picaporte y la voz de una niña que reclamaba su atención. Aldonza saltó al interior sin pedir permiso tan pronto como le abrieron.

     - ¿Qué?, ¿habéis pasado buena noche? Imagino que no. Y supongo que tendréis más de una pregunta que hacer.

     Tan adormilados y tan sorprendidos por su ímpetu estaban que tardaron en recobrarse.

     -¡Venga, vamos! No me digáis que estáis tan acobardados que habéis decidido huir como liebres perseguidas por perros.

     -Todavía no hemos decidido lo que vamos a hacer. Pero como comprenderás no podemos fiarnos de lo que pueda ocurrir. Tampoco es que pensásemos ser recibidos con los brazos abiertos. Sin embargo, mucho menos esperábamos esta reacción tan violenta. Ni siquiera entendemos a qué viene todo esto – acertó a decir Yinky.

     - ¡Pero bueno! ¡Qué sorpresa ni qué ocho cuartos! Ya sabéis cómo somos en los pueblos, aldeanos tozudos, ignorantes y sañudos. ¿Qué esperabais, un marco campestre e idílico en que los paisanos os hicieran reverencias? Aquí la vida es dura y en todo lo extraño creen ver la mano del maligno.

     - No, no esperábamos ninguna sumisión, pero sí un poco de respeto y tranquilidad. Creíamos que aquí podríamos dedicarnos a la música sin problemas, sobre todo teniendo en cuenta que no molestamos ni hacemos ningún mal a nadie – declaró Gu.

     - En este lugar la gente se siente molesta por lo que ellos consideran ruido…, y por otras cosas que sospechan y de las que no os podéis hacer ni la menor idea, sobre todo las que tienen relación con la religión y el sexo.

     - ¡Vale! Pero seguimos sin entender por qué nos consideraban culpables de tu supuesta desaparición – preguntó Sara.

     - De acuerdo. Os voy a contar algo que yo sólo he sabido hace poco por mi abuela, y después de preguntar insistentemente. Hace como unos once años un grupo de siete jóvenes hippies alquiló la casa del cerro, ya que los propietarios poseían otra finca mejor situada en el propio centro de la aldea.

     - Te refieres a mi abuelo, creo – intervino Bj.

     - Supongo que sí. Pues bien, me comentó que su intención era crear una comuna, aunque no sé muy bien qué significa. Según decía, querían vivir de forma natural, sin muchas comodidades ni aparatos ni innovaciones tecnológicas. Su pasión debía ser también la música y una religión natural o primitiva basada en el contacto con la tierra. Mi abuela criticaba que además se entregaban a lo que llamaban el amor libre y las drogas, que ellos mismos cultivaban en una huerta de la parte de atrás de la casa o que recogían del propio campo. Encima, como eran gente de ciudad, se atrajeron la admiración y el entusiasmo de cinco chicas de la aldea que acabaron acompañándolos a diario, entre ellas mi madre. Es más, dicen que las incitaron a participar en sus ceremonias y a tomar sus drogas.

     - Entiendo. Eso fue lo que exasperó a los del pueblo – opinó Sara.

     - No exactamente. O no sólo por ese motivo. Porque estuvieron realizando sus tejemanejes casi todo un año, con algún que otro suceso extraño, visible y discutido. No llevaban sus actividades en secreto. Parecían creerse los dueños del lugar, según me dicen. Algún vecino vio cómo organizaban aquelarres.

     Los gestos de preocupación y temor en los rostros de los muchachos del grupo de Rock y su entorno fueron cada vez más acusados. Caían en la cuenta del peligro que supuso para aquellos chicos aludidos la conmoción causada por su actividad entre los habitantes.

     -Comenzaron a utilizar la ermita cercana para sus ritos – continuó Aldonza-. Y cuando se hizo evidente por un incendio que profanaban ese lugar, la gente no pudo aguantar más. Las habladurías se convirtieron en ira y odio. Y cierto día, convocados de boca en boca por el clamor popular, se concentraron en la plaza la mayoría de los vecinos. Soliviantados y azuzados por el párroco y las beatas, se encaminaron en tropel hacia la casona. Mi abuela dice que la única intención era echarlos, pero al parecer se les fue de las manos. Ya para entonces mi madre, Selene, muy integrada en su grupo, estaba embarazada de mí y su avanzado estado impidió que se cebaran en ella, aunque el resto no corrió la misma suerte.     

     - Ahora caigo por qué nos preguntaron en el bar si éramos periodistas y veníamos por ese suceso – recordó Tec.

     - Sólo la llegada e intervención del abuelo de vuestro amigo, amenazándolos con una escopeta, impidió el linchamiento inicial y que dieran fuego al edificio, incluso con las chicas que se habían refugiado dentro. A ellas se las sacó a rastras por los pelos y se las tuvo varios meses encerradas en un cobertizo sin poder salir y únicamente dándoles comida y agua, salvo a mi madre, que quedó al cargo de mi abuela, encerrada bajo llave hasta que parió. Las otras no pudieron recuperarse de aquello, y hoy día están recluidas en un psiquiátrico o en un convento cercano. Pero desde entonces están como zombis, no dicen palabra ninguna. Para los siete visitantes muy probablemente fue peor. La abuela no habla muy claro, pero quedó por lo menos un muerto tras el ataque. Aunque tampoco me extrañaría que los demás estuvieran en el fondo de la laguna del monte, en el risco alto.

     - ¿Y nadie se preocupó por ellos? – inquirió perplejo Gu.

     - Durante un tiempo se acercaron investigadores de la policía preguntando por uno de ellos, por el que en el pueblo llamaban “el Guia” y que al parecer les dirigía. Ni siquiera se sabe bien su nombre verdadero o no quieren ni comentarlo. Debía ser de familia rica porque se tomaron muchos esfuerzos en seguir hasta aquí su pista. Pese a no encontrar auténticos cadáveres, sí se descubrieron unos restos carbonizados junto a una cruz en el linde del bosque, y que los especialistas decían que podían corresponderse con él. Fueron varios los policías y periodistas que lo indagaron. Pero no consiguieron nada, y, en todo caso, seguramente tendrían que acusar a todo el pueblo. Por el resto nadie se interesó. En fin, el asunto es que, al veros llegar y actuar de una forma parecida, han resucitado viejos fantasmas. Antes que vosotros otras personas alquilaron la morada de la colina, pero ninguno se quedaba mucho tiempo ante el ambiente hostil.

     - Eso sí que no me extraña –comentó en un murmullo Sara.

     - Eso mismo estaba pensando yo – corroboró Irma.

     - Así que tu infancia ha sido un sinvivir constante, ¿no? Y eso te ha obligado a madurar rápidamente– preguntó Yinky.

     -Te equivocas. Mi niñez ha sido la más feliz que se puede pedir en un pueblo. Todos me han tratado con cariño y dulzura, quizá al sentirse culpables por lo sucedido. Lo cierto es que me he sentido libre y protegida. Y os diré que la naturaleza enseña mucho a quien tiene la facultad de oírla y de sentirla. Y aún más cuando se goza de las enseñanzas de casi todo el mundo, indicándote qué animales, qué plantas y qué seres tienen la potestad y la destreza de la vida y de la muerte.

     Los chicos que la escuchaban no supieron qué responder, conmocionados y atónitos por la respuesta.

     -Sólo me queda poner en vuestras manos este cofre con algunos elementos de los que se servían mi madre y sus amigos, por si queréis utilizarlos para conocer la verdad, ya que parece que os pueden interesar ese tipo de artes y sortilegios. Os diré que así lo querría mi madre, pues en el brillo de sus ojos estaba todo el saber y ya sabía que vendríais aun sin conoceros; os estaba esperando. En su interior encontraréis hojas y semillas de estramonio, un aceite o ungüento de esa planta o de belladona con el que se untaban el cuerpo en sus reuniones y un colgante con una piedra que a mi madre parece que le servía de amuleto, protegiéndola de los malos espíritus. Tomad – les dijo dándoselo a Bj-, usadlos con cuidado. Y ahora tengo que irme, mi abuela me espera y no quiero que se intranquilice. Espero que no me decepcionéis ni os marchéis, al menos sin despediros. Nos veremos mañana.

     - ¿Cómo podemos localizarte si fuera necesario? – le preguntó Sara.

     - No os preocupéis. Cuando sea preciso, yo os encontraré.

     Una vez que se marchó, les costó asimilar lo sucedido. Ni tan siquiera osaban cotejar las impresiones que les había causado la menor, hasta que Sara se atrevió a hablar.

     - ¡Hostia!, ¿y esto es una niña?

     Yinky formuló una hipótesis aventurada.

     -En este lugar se han producido acontecimientos insólitos y misteriosos. Tal parece que han vivido casi aislados en su territorio y eso les ha hecho concebir una estructura ideológica, espiritual, social y vecinal muy especial, integrando enseñanzas y culturas que han desarrollado de forma muy particular y fundando e instituyendo una suerte de religión o paradigma de creencias desvinculadas de toda liturgia ortodoxa. Al recibir la visita de elementos extraños a su idiosincrasia, se han sentido agredidos, haciéndoles reaccionar y responder de manera violenta a lo que ellos consideraban un ataque a su naturaleza, a su singularidad.

     - ¡Joder, chico, qué enrevesado eres hablando!, igual que un presentador de un programa cultural. Está claro que combaten contra todo lo que les resulta ajeno y extraño, lo digas como lo digas, y que son capaces de llegar al asesinato – repuso Tec.

     - Sí, te ha quedado muy bonito el discurso, pero enterarnos…nos hemos enterado más clarito con lo dicho por Tec – corroboró sonriendo Gu -. Y lo más increíble es cómo se expresa Aldonza. Si hubiera cerrado los ojos y sólo oyera su voz, habría jurado que se trataba de una mujer mayor, una bruja o una adivinadora perdida en su choza, lejos del poblado medieval. Y ¿qué me decís de los habitantes? Si no han hecho un pacto con el diablo o con algún ángel reinventado, poco les faltará. Está claro que únicamente reconocen una religión verdadera, la suya.

     - ¡Vamos, vamos! ¿Y vosotros sois los que queríais profundizar en temas esotéricos o satánicos? De acuerdo en que aquí se han debido producir acontecimientos sangrientos. Pero ya sabemos lo que puede hacer la histeria colectiva en ciertos grupos sociales, tanto aquí como en la ciudad. No creo que se atrevan a repetir lo ocurrido hace una década – objetó Bj, intentando reconducir los derroteros que estaban tomando las opiniones de sus amigos.

     - Hombre, ¿no me negarás que, cuando venían para la casa con palos y escopetas, tenían intenciones retorcidas? – insistió Tec.

     - Sí, sí. Pero ¿no habéis visto cómo hasta una niña les ha hecho recular con un poco de razón y lógica? ¿Qué no podremos nosotros con bastantes más años e inteligencia? Y además ¿no os dais cuenta del potencial de este ámbito y de esta chiquilla? Yo creo que en estos días hemos conseguido crear y evolucionar nuestra música tres veces más que en donde ensayábamos. Yo os propongo quedarnos un tiempo hasta que se serenen las aguas y dar el callo hasta elaborar un repertorio de temas suficiente para las próximas actuaciones -concluyó Bj.

     Las caras manifestaron la duda y la inquietud en que se debatían los pensamientos. Todo en las últimas horas, incluido el excurso de Bj, resultaba inesperado, sobrecogedor. Por fin Gu declaró su resolución.

     - Bien, por mí de acuerdo. También a mí me revienta actuar por la incomprensión o la imposición de los vecinos. Pero si estos hechos se repiten, habrá que pensar en largarse.

     Ningún otro fue capaz de decidirse o de expresar su determinación. Aunque persistían las dudas, se admitió esta última opción como razonable.

 


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