LUZ INFIERNO (Relato- Tercera parte)




      El trayecto final al poblado de Orbes transitaba entre altibajos por cumbres poco elevadas de una sierra muy quebrada, obligando a continuas subidas y bajadas que desembocaban en estrechos valles sembrados de cereal, maíz, patata y viñedos.

     Faltaba un corto itinerario para llegar cuando se desencadenó una repentina y aparatosa tormenta con granizo que les obligó a parar en el arcén de un camino de sarmientos abandonados. En cuestión de segundos se nubló tanto el día que la noche pareció querer adelantarse tres horas.

     A cien metros se vislumbraba una pequeña borda que les serviría de refugio, pero en la corta carrera hasta ella los cuatro amigos y las tres acompañantes que habitualmente les seguían se calaron hasta los huesos. Al quedarse fríos por el remojón, se les ocurrió utilizar el reducido hogar, dispuesto en una esquina y construido con unas planchas metálicas a modo de tiro de chimenea, para hacer un fuego. Una pila de leña dejada al fondo de la cabaña y los papeles de los envoltorios de comida les proporcionarían lo imprescindible para iniciarlo.

      Un solo problema les separaba del calor, se habían dejado la referida papelería y los mecheros en los vehículos. Voluntariamente Bj tomó la iniciativa de recogerlos con una rápida galopada y en escasos diez minutos una hoguera reconfortaba sus cuerpos semidesnudos. Parte de las maderas y unas ramas les sirvieron de trípode sobre el que extender las ropas húmedas. Acurrucados junto a las llamas en ropa interior, aprovecharon para merendar unos emparedados preparados por Verónica y que había tenido la prevención de traer del coche.

     Desde el momento que la lumbre cobró fuerza un arco de luz les separó del oscuro umbral y de las sombras exteriores. Al mismo tiempo, comenzaron a oírse unos desconocidos ruidos como de arrastramiento y gañidos quejumbrosos, si bien en un principio no los notaron o no les quisieron hacer caso. Terminado el refrigerio, el chaparrón remitió un tanto. Así pudieron asomarse a la puerta y contemplar a unos doscientos metros una parcela de terreno próxima a un arroyo y una vieja alquería destartalada.

     -Espero que no venga el propietario escopeta en ristre y nos dé un susto de muerte. Ya sabéis cómo se las gastan estos aldeanos – les previno Gu.

     - Vamos, no seáis carcas. Veréis como en el peor de los casos se enternece con nuestra situación y por pura hospitalidad nos acoge en su casona. Puede que incluso nos dé algo de cenar – les intentó reconfortar Irma, pareja de Yinky.

     - A mí sí que me pones tierno con ese exiguo conjunto que llevas puesto – observó Tec, fijándose en las curvas al descubierto de la chica.

     - ¡Eh, eh, no te pases, colega! – le advirtió Yinky.

     - ¡Hombre, era una apreciación objetiva! Deberías estar orgulloso de poder disfrutar de esa vista habitualmente. Y, además, no trataba de ofender, sino de ser galante. Que sepan estas damas que aún existen caballeros en el mundo del Rock – replicó Tec.

     Todos se rieron con la salida. Cuando más relajados estaban, los crujidos y sonidos de algo así como un fuelle que resoplaba, de una respiración que semejaba resollar con ansia se hizo más fuerte.     

     - ¡¿Qué hostias es eso?! – acertó a preguntar Sara, la acompañante de Tec.

     La intranquilidad y el azoramiento se adueñaron de todos ellos. Las resonancias y chirridos aumentaron convirtiéndose en un gemido que comenzó a asustarles. El murmullo y el susurro de una extraña voz, que parecía lamentarse y nadie distinguía su procedencia, alcanzó la tonalidad de un silbido, luego pareció una especie de ronquido que les alarmó hasta el extremo de pensar que alguna presencia extraña se había colado con ellos en la cabaña.

     - ¡Joder! Mira que si al final tenemos con nosotros a un fantasma – les confesó como bromeando, aunque espantado, Gu.

     - Tú sí que eres un fantasmón – repuso Verónica, intentando templar los ánimos con una sonrisa.

     En ese preciso momento, un sonido de roce y de aleteo se hizo tan evidente que a punto estuvieron todos de salir disparados de la choza. Un segundo después, el vuelo de una blanca lechuza que acababa de salir del hueco de la chimenea les pasó rozando las cabezas, saliendo al exterior y perdiéndose en la lejanía.

     Tras un minuto de duda y angustia sin poder tragar ni la saliva, todos lanzaron sus mejores carcajadas descargando la tensión y sintiéndose aliviados. Sólo Gu se atrevió a decir…

     -Ya lo sabía.

     Al oírlo todos consiguieron distender sus nervios con nuevas risas, tranquilizándose así definitivamente.

     Escampó mientras retomaban el trayecto hasta la villa de Orbes, reapareciendo un sol bajo próximo al crepúsculo en el preciso momento en que los motores de sus coches escandalizaban el tranquilo y apático devenir de sus habitantes. El insensible discurrir de las tardes en aquellos hogares, que podría adormecer a la misma costumbre, se vio turbado por aquellos seres perversos, desemejantes y probablemente inhumanos con extraños barnices como escamas sobre sus brazos y portando vestimentas y colgantes extraterrestres. O al menos tal fue la sensación que tuvieron tanto los paisanos como los recién llegados al apearse en la plaza junto a la fuente y la minúscula iglesia a tenor del recibimiento.

     La presunta curiosidad de los vecinos se trocó en una indiferencia voluntaria y manifiesta. Nadie respondía a sus saludos. Los cuatro vecinos presentes en ese momento junto a la taberna y los tres hombres mayores, que presumiblemente volvían de sus labores en el campo, parecían reconcentrados en sí mismos. Las miradas esquivas inspeccionaban una esquina del campanario o resolvían mentalmente una ecuación irresoluble. Sólo un par de ancianas centraron su interés en ellos, aunque mirando de soslayo.

     A ellas se dirigieron para preguntar por el caserón de la familia de Bj. Una señora con la típica bata de aldeana, pañuelo en la cabeza y gran colección de arrugas repartidas por su rostro y brazos, les indicó con una mano sarmentosa, pero sin decir palabra alguna, un sendero que remontaba la loma al oeste con rumbo al bosque inmediato.

     El sol rojizo y redondo proporcionaba una extraña apariencia a los rostros reflexivos vueltos a su interior. Todo iba adquiriendo ese tinte cobrizo que incendiaba camino, rastrojos y árboles. Oscurecía y el ascenso hacia la casona, pasando por delante de una minúscula ermita, se impregnó definitivamente de matices cárdenos y umbríos que semejaban el tránsito a un próximo infierno. El cuadro se completó al plantarse ante el tejado de pizarra y los muros del edificio. El conjunto formaba un decorado asombroso y producía la impresión final de una casa encendida.

     El suave perfil de la ladera y los rastrojos eran el contrapunto a la piedra sin labrar, a las aristas y paredes desconchadas. Una edificación destartalada de dos plantas y una buhardilla con los huecos de cinco ventillas parcheadas en la parte de arriba, tres más grandes en la de abajo tapiadas y un gran portón les aguardaban. Un ojo circular en el desván vigilaba a los extraños. A varios metros de distancia la cuadra y la leñera con sus cancelas y umbrales carcomidos y sombríos remataban un panorama desolador.

     Para sorpresa de todos, la vieja llave en manos de Bj giró y abrió a la perfección como si les esperase hace tiempo. A la luz de las linternas una estancia amplia con sábanas amarillentas cubriendo los muebles apilados en semicírculo les recibió como la boca desdentada de un anciano hambriento. Siendo ya de noche, hicieron un pequeño fuego en el hogar y, cansados, se aprestaron a descansar allí mismo envueltos en sus sacos de dormir. Al día siguiente tendrían tiempo de descubrir nuevamente los ventanales, los enseres y otras muchas cosas, y disponer la vivienda para acogerlos en condiciones.

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     Amaneció un deslumbrante sol anunciado por un molesto gallo, que, si hubiera estado a mano de Tec, no hubiera sobrevivido mucho tiempo. Poco a poco todos fueron despertando y asumiendo que lo que les rodeaba no era un mal sueño.

     El polvo acumulado, las puertas desencajadas, los cristales rotos, la escasez de ropa de cama, salvo unas sábanas ajadas y unas mantas raídas, les dejaron anonadados y terminaron preguntándose cómo se habían metido en tal embrollo. De inmediato, las miradas enfocaron a Bj como si él fuera el único culpable de esa situación y nada tuviera que ver su propia dejadez y comodidad.

- ¿Qué esperabais, un hotel de cinco estrellas? Ya os dije que llevaría al menos tres años deshabitada. Así que poneos las pilas y arremangaos para limpiar lo imprescindible y dejar esto lo bastante confortable o preparaos para sacar la pasta suficiente como para pagar un hotel y un local de ensayo – les recriminó Bj.

     Las bocas abiertas y la perplejidad se adueñaron de los rostros. La imagen de desamparo y delicadeza de su amigo se derrumbó en ese mismo instante como el muro de Berlín. El ingenuo bajista lleno de intuición e idealismo resurgía cual Ave Fénix reclamando un sitial hegemónico, ya caída la careta de la timidez. Todos los demás, amilanados, se pusieron a trabajar frenéticamente para acondicionar las estancias, para reclamar al funcionariado público del pueblo y a la empresa eléctrica la puesta en funcionamiento de las acometidas de agua y luz, y para programar y distribuir un calendario de tareas relativas a su música y a la propia casa. En los días sucesivos Tec y Bj acusarían una agudización de su personalidad y una compenetración que dejarían pasmados al resto, conformando una pareja de intérpretes de Rock con gran talento, creatividad, innovación e ingenio casi visionarios, maravillando a los demás.

     En medio de las labores de limpieza descubrieron una cámara usada como biblioteca con una inmensa profusión de textos, algunos de ellos muy antiguos, que Bj recorrió extasiado con la mirada. En otra habitación hallaron gran cantidad de ropajes. Por lo extraño de los mismos, pudieron haber servido de atrezo para alguna producción cinematográfica. Entre otras vestimentas toparon con negros hábitos talares como los de los monjes, que tornaron pensativo el rostro de Bj al contemplarlos.

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     En el fuego del hogar de la planta baja calentaron leche y café para desayunar. Ya disponían de agua, pero no de electricidad. Por fortuna los enseres de cocina se encontraban en buen estado y había leña de sobra. Por otro lado, disponían de un pequeño generador para sus actuaciones en la calle.

     Llevaban sólo un par de días de continuos ensayos y los víveres prácticamente se les habían agotado. Gu, Yinky y las tres chicas se acercaron a la única taberna del pueblo a fin de preguntar dónde se podrían abastecer de provisiones. Apenas tres parroquianos muy veteranos se encontraban reunidos en una mesa apartada en un rincón jugando al dominó, pero ninguno de ellos levantó la cabeza de sus fichas interesándose por ellos. Ni siquiera el tabernero en principio pareció muy dispuesto a saludarles. Hosco y como a regañadientes, les preguntó qué querían.      

     - ¿Qué desean?

     - Buenos días. ¿Qué tal? Primero, un saludo si no hay inconveniente y después dos cervezas, tres cocacolas y un poco de información… si es tan amable – le recriminó Sara, la compañera de Tec.

     - Ahora mismo se las pongo. Y perdone, pero no soy amable, soy Jaime, el camarero.

     La respuesta les dejó boquiabiertos sin saber si reír y tomárselo como una gracia o salir disparados, entendiéndolo como una desconsideración. Entonces un señor con gorra de la mesa de la esquina se levantó, diciéndoles…

     - Disculpen a Jaime y perdonen nuestra descortesía y desconfianza con los foráneos, pero no estamos acostumbrados a los visitantes, exceptuando los familiares de los vecinos actuales. Soy Pedro, el propietario, y nos ha pillado de sorpresa su venida. La mayoría de los habitantes están en el campo a estas horas. Es raro verlos por aquí. ¿Cómo han llegado a este pueblo perdido de la sierra? ¿Qué son, periodistas que vienen por lo del joven asesinado hace unos años?

     - Pues no. En realidad, no sabemos a qué se refiere. Hemos aparecido por aquí porque nuestro amigo, que ahora no está presente, es familiar de los antiguos propietarios de la casona junto a la ermita. Por cierto, somos Verónica, Irma, Sara y Yinky – contestó señalando a cada uno de los miembros del grupo -. Y mi nombre es Gu.

     - ¡Ah, vaya, o sea que un pariente de los Caballero! Pensábamos que no quedaba nadie de su linaje o que se habían extraviado por esos mundos de Dios. Salúdenlo de mi parte, díganle que el más mayor de los Castillejo le manda recuerdos. Tal vez se acuerde de mi hijo, Pepe, que se marchó al extranjero. Ya sólo quedamos cuatro viejos de los de siempre.

     - Cualquiera sabe. También debe hacer mucho que no viene por aquí. De todas formas… ¿nos podría informar de la tienda de comestibles más cercana? – solicitó Sara.

     - Oh, no. Por aquí pasan varias furgonetas a la semana con pan, fruta, pescado, carne y otros alimentos. Pero eso suele ser los martes y los viernes. Tened en cuenta que la mayoría se surten de los propios productos del lugar. Hoy la única posibilidad es que se lleguen al supermercado que hay a poco más de diez kilómetros, a la salida de Villa Almena.

     Acabadas las bebidas, se pusieron en camino en su furgoneta. Mientras tanto, Bj seguía descubriendo objetos curiosos en el desván, como varios tableros con signos cabalísticos (un pentagrama y un hexagrama labrados, una cruz satánica, otra cruz invertida, la estrella y la luna creciente, un pentagrama roto), una mesa con forma de mujer desnuda cara arriba, cuyas patas eran las propias piernas y brazos de la imagen, y varios platos y copones de plata que se diría podían pertenecer a alguna iglesia. De vuelta a la biblioteca, se puso a ojear algunos libros junto a Tec…

     - Eh, mira Tec, aquí hay alguna de las obras más importantes de Aleister Crowley y de Anton Szandor La Vey, libros de esoterismo, de satanismo, ensayos sobre las religiones primitivas, sobre el individualismo en Nietzsche. ¡Joder, los anteriores inquilinos o alguno de mis antepasados estaban bien ilustrados en estos asuntos!

     - Sí, para mí que esta choza ha sido refugio o centro de alguna secta o algo así. Fíjate qué títulos, La Biblia de Satanás, El libro de Nod, la crónica de Caín, ¡hostia, El Necronomicón de El Hazzared!, El Canto de la Madre Tierra de Alejandro Guijarro, Rituales satánicos de La Vey, La doctrina de la otra fe, La Historia del satanismo y la brujería de Jules Michelet…

     - Chico, leer esto a la luz de la vela hasta que nos repongan la corriente va a ser la hostia. 

     Al cabo de una hora, Tec se encontraba reconcentrado en un texto y Bj ensayaba en el porche con su bajo uno de los temas del grupo, esperando la vuelta de los demás. Luego, para hacer tiempo decidió éste acercarse a la ermita que distaba poco del caserón. Era una construcción sencilla en la que sobresalía una campana en su espadaña que parecía intacta. Su interior acogía unos bancos corridos y un confesionario. Al fondo un minúsculo altar remataba el ábside junto a una estancia para el cura y sus hábitos. En esa zona eran evidentes las señales de abrasamiento producidas por un pequeño incendio. Pero en el extremo izquierdo de la nave destacaba un pequeño y viejo órgano labrado y cubierto de polvo, si bien daba la impresión de no estar muy deteriorado. Tendría que comentarle a Tec el hallazgo. En el sagrario se conservaban impensadamente algunas obleas, un cáliz y una patena quizá de plata.

     Tras la inspección del interior salió y retomó el camino de vuelta. A mitad del sendero se cruzó con dos viejas desdentadas y una niña de unos diez años que llevaba de una correa a un obstinado macho cabrío. Las tres reían abiertamente hasta que, al pasar ante él, cesaron las risas, bajaron la mirada con temor y apresuraron el paso. Cuando ya lo habían sobrepasado unos diez metros, la cría dio la media vuelta aproximándose y le dijo…

     -Tocas muy bien. Yo también podría enseñarte otra música preciosa.

     Y después de decir eso, se levantó la falda de su vestido enseñándole su sexo impúber.

     Tan estupefacto se quedó Bj que no fue capaz de reaccionar, ni tan siquiera pudo decir una sola palabra. Con una larga carcajada ella se reunió de nuevo con las señoras.

     Habiendo regresado todos, durante la noche elaboraron una cena ligera con embutidos y distintos alimentos enlatados.  Luego tomaron café o infusiones y se prepararon unas copas de crema de whisky. En tanto fumaban unos porros de hachis, Bj ojeó un ensayo en páginas sueltas y sin referencia de autor sobre la paradoja satánica de erigir una nueva teología y una religión diametralmente opuesta a la cristiana ortodoxa, que se basaba en la trinidad simétrica a la católica, pero como un negativo fotográfico: La Bestia, El Anticristo y El Falso Profeta.

     Tirados en el suelo mientras quemaban sándalo y unos canutos de maría, le preguntaron a Bj entre sonrisas qué era eso que tanto le fascinaba cuando prácticamente no leía nada que ellos supieran. Con el entrecejo marcado por el enfado respondió…

     - Reíd, reíd, pero tengo mi propio acervo cultural. No os podéis imaginar las lecturas que hay almacenadas en esta biblioteca. Por cierto, que alguno de los viejos roqueros también hacía temas relacionados con la magia negra, desde el “Norvegian Wood” de Los Beatles y “Sympathy for the Devil” o “To their Satanic Majesties” de los Rollings, pasando por Black Sabbat, Iron Maiden, Kiss, Alice Cooper…hasta Megadeth. En la literatura también desde antiguo, en autores como Goethe, Lord Byron, Rimbaud y Baudelaire, la fascinación por el mal y la práctica del culto satánico estaban a la orden del día. Todos los escritores que se dedican al asunto hablan de que en las religiones naturales y primitivas los ritos y sortilegios que intentaban atraer entes o espíritus malignos estaban extendidos por todo el mundo, que incluso el culto a la Madre Tierra es anterior a los demás. Toda esa sabiduría, adoraciones y rituales son tan arcaicos como la prehistoria.

     - Venga, chico, no te mosquees. Que únicamente nos extraña tu repentino interés por todo eso – le comentó Gu.

     - Siempre me ha interesado y he leído acerca de estos temas. Sólo que vosotros demostrabais poca atención o ninguna por lo que a mí me seducía y jamás me habéis preguntado.

     Se hizo un incómodo silencio que fue interrumpido por Tec.

     - ¡Venga, dejaros de chorradas y malos rollos! Lo cierto es que el saber relacionado con todo esto es muy atrayente y muy desconocido por la mayoría. Entre todos los libros de esta biblioteca, el que tengo en las manos habla de que son varios los autores que relacionan al humano primitivo con la egolatría que deifica el ego, con una fuerza cósmica de la cual el hombre es dueño y esclavo, y, por otro lado, con la Madre Natura, símbolo de la fertilidad y la maternidad. En las culturas antiguas recibe nombres como…Tiamat en Sumeria, Isthar en Caldea, Astarté en Siria, Áditi, Sakti o Parvati en India, Gea, Hera, Afrodita, Demeter o Artemisa en Grecia, Anann o Dana en la mitología celta, Mari o Amalur en la vasca; Coatlicue y Chimalma en la mejicana, Pachamama entre los quechuas o aimaras, y parece ser el origen de María o las advocaciones de las Vírgenes Negras del cristianismo, según leo en el texto.

     - Yo no voy a daros una conferencia – insistió Bj -, pero me gustaría que os dierais cuenta del engaño de nuestra educación y cultura católica que viene como anillo al dedo a nuestro sistema político- social. Es hora de entender esta ética de la igualación y de la norma moral como un método que atenaza cualquier fórmula de rebelión contra el dogma cristiano y que impide cuestionar nuestra sociedad clasista y esa jerarquía piramidal. Se ampara en la resignación y el rechazo a todo intento revolucionario, sobre todo si necesita de mecanismos violentos o agresivos. La cúpula eclesiástica impide la protesta y la iniciativa en contra del régimen establecido y del estatus social con la promesa de una compensación en la otra vida.

     - Por mi parte – continuó Tec – dejadme ya sólo leeros un párrafo de este libro que recopila ideas de Crowley, La Vey y otros…

     >” …Sí, ya basta de esta metafísica y liturgia satánica que no es más que una postura folklórica. Hablemos de la realidad oscura. Si Dios quiere unirnos a la cruz como expiación del pecado con el objetivo de sanarnos y volvernos al redil, al rebaño, Satán nos prefiere libres, individuales.

     El Anticristo es la visión prometeica del hombre. Sin las cadenas de la iglesia cristiana el ser humano se convierte en el dios mismo, en una estrella que ha de encontrar la voluntad propia. Cada individuo tiene que desear y gozar de todo lo que nos ofrecen los sentidos y el éxtasis. Nuestras emociones y sentimientos más egoístas deben ser sublimados. Tenemos que olvidar la compasión y exigirnos desarrollar al máximo nuestra potencialidad. No basta con el ansia. Toda iniciación y estímulo, todo nuestro impulso debe encaminarse a la idea de un ente similar al superhombre que perseguía Nietzsche, el hombre ideal, el que se deja llevar por sus pasiones, instintos y sentimientos, pero que a su vez se domina a sí mismo.

     La negación de dios implica la realización del hombre aquí y ahora. Satanás representa la indulgencia frente a la abstinencia, la existencia vital frente a los inútiles sueños espirituales y creaciones imaginarias. Es la inmaculada sabiduría en lugar de una ilusa hipocresía. Es la imagen de la venganza en lugar de poner la otra mejilla. Satanás representa la amabilidad para quien le sirve, en lugar de una presunta identidad de amor; es la semblanza del hombre en cuanto es un animal, quizá más dotado y sin duda más vicioso que otras bestias, pero no mejor. Satanás es la responsabilidad para el responsable, engloba a todos los así llamados pecados en cuanto persiguen el alivio y la gratificación física, mental y emocional. En un sentido antitético, Satán ha sido el mejor amigo que la iglesia jamás haya tenido allí donde se ha mantenido en el negocio todos estos años. El satanismo implica que cada individuo es el mejor, el único, el perfecto en algún sentido, en alguna capacidad. Es esa virtualidad la que se trata de buscar y encontrar. La religión, las religiones de naturaleza espiritual no son otra cosa que un invento del hombre en aras de una moralidad esclava y gregaria, una proyección al infinito del deseo frustrado, una imagen y una solución compensatoria a nuestras limitaciones. ¡Rompamos con ese molde!... ”<

     Tec los miró a los ojos tras la lectura en espera de una respuesta o un comentario. Sólo Gu mudó la confusión en los gestos, rompiendo la muda incertidumbre…

     -Bueno, no niego que me fascina en cierto modo ese componente espiritual contra la sumisión cristiana y que ensalza el individualismo, pero joder estamos aquí por algo. Así que creo que es hora de dejar de lado el rapto intelectual y dedicarnos a lo nuestro que es la música. Hace tiempo escribí la letra de una canción que quiero proponeros y que además tiene que ver con estos asuntos. Cuando tengamos electricidad os daré una idea aproximada de los acordes, el estribillo y los coros. Dice algo así…

>   (Intro)

Escucho cómo llora el espejo

al niño perdido que calla y que huye.

El viejo recita su himno en la cumbre.

Hace mucho que sabe que construye rutas

en el agua que no van a ninguna parte.

Algo incierto se arrastra al filo de las sombras.

Avanza un ser sin nombre con recelo, hundido

en un fango con forma de miedo.

 

(Verso 1)

Un fulgor negro, entre la niebla,

marca el sendero. Melódica luciérnaga,

vestida flor de noche de invierno,

ilumina y entona a coro las voces

antiguas, el son del grillo y la lechuza,

la música muda, inscrita en el lodo.

(Coro)

Marchamos con rabia, ciegos por el polvo,

tropezamos tullidos, llegamos eternos a la nada.

(Estribillo)

Salve, Satán. Salve, Lucifer.

Ángel de luz, en este desierto sin sol,

callado, dame de beber.

Salve, Satán, el crisol puro.

Sobre el lamento del dios olvidado

decid sí al señor oscuro.

(Verso 2)

Ante ti, Belcebú, yo acuso al dios trino.

Busco sin aliento la tierra que lleva

ante ti, Lucifer, señor sin destino.

Señalo al intruso, llaga del ayer

con las manos lavadas en sangre y viento.

(Coro)

Ante ti, con hambre de elevadas simas,

clamamos con vivas el alzamiento

de los muertos.

 

(Estribillo)

Salve, Satán. Salve, Lucifer…

(Solo)

 

(Verso 3)

Decid sí al desvarío del sexo y al odio

que espera, al amado caos impío.

Que muera dios, para que El viva, sí.

Encuéntralo, anclado a la brisa,

vístelo de piel de macho cabrío.

Duérmase el falso párpado sin voz.

Y Míranos Tú, Lucifer,

con tu ojo de pasión, contémplame,

dame el ser, la energía, el barro del yo,

moldéame con sudor y hiel.

(Coro)

A tus pies, sobre todos, tu poder en mí.

Mi vida, mi nombre sólo te lo debo a ti.

(Estribillo)

Salve, Satán. Salve, Lucifer…

 

Marchamos con rabia, ciegos por el polvo,

Tropezamos tullidos, llegamos eternos a la nada.

Mas con tu sino y tu guía soñamos ser parte del todo.  <

     Acabada la lectura, nadie se atrevía a hablar. Así que Gu retomó la palabra.

     - ¿Y qué? ¿Qué os parece?

     - Bueno, como himno satánico no está mal. Muy a propósito del asunto del que hablamos. Pero la verdad es que es un tanto tópico. No te cabrees, pero incurre en demasiados lugares comunes – observó Yinky.

     - No hay problema. Me parece bien que por lo menos opines, y con sinceridad. Aun así, es sólo un borrador, una idea sobre la que empezar a trabajar, si es que no la desecháis de entrada. Y tal vez cuando la escuchéis con la música os parezca que se puede probar a hacer algo partiendo de ella.

     En ese momento alguien hizo sonar el picaporte de la entrada. Sara se acercó a abrir, ya que nadie se inmutó ante la incertidumbre. En el quicio de la puerta se topó a una joven de una edad semejante a la suya, pelirroja y pecosa, que guitarra y mochila en ristre les saludaba con una sonrisa.

     -Hola, ¿qué tal? Me llamo Alberta, estoy de paso y buscaba un sitio donde pasar la noche.

     Sara se volvió buscando con la mirada algún gesto de decisión de Bj, al ser la casa de su familia. Dado que todos ponían cara de circunstancias sin resolver nada en un sentido o en otro, se apartó del umbral con un ademán de amigable invitación.

     -Esto…no quiero molestar. Si podéis encontrarme un hueco bien. Pero, aunque no pueda ser, tengo algo que contaros, que deberíais saber.

     Finalmente, Bj tomó la iniciativa.

     --Pasa, pasa. Si quieres tomar un café estás a tiempo. Seguro que aún está caliente – con una actitud de acogimiento le indicó que entrara.

     -Gracias – repuso ella mientras se sentaba en un colchón tirado en el suelo y en tanto le ofrecían azúcar.

     - Y ¿qué es eso que teníamos que saber? – se interesó Gu.

     - Veréis. Cuando llegué al pueblo preguntando por un hospedaje, una señora muy mayor me respondió con otro interrogante. Me preguntó si formaba parte de vuestro grupo. Luego de contestarle que no, me encaminó en esta dirección remontando la colina. Me dijo que quizá pudierais vosotros alojarme. De seguido, se despidió con un “pero ten cuidado “, que me dejó algo inquieta. No obstante, antes de venir aquí pasé por la taberna para tomar una cerveza. Allí también me interrogaron acerca de si era “uno de los raros del cerro”, según sus propias palabras. Al interesarme sobre el porqué os llamaban así, me respondieron con evasivas, pero creo que comentaban algo sobre que se profanaba el silencio con músicas estridentes y que suponían que se convocaba a los espíritus de los infiernos. Pero mientras estaba todavía allí, comenzó a llenarse el local con gente muy excitada y cabreada. Repetían insistentemente que tenían que hacer algo y dar una lección a los visitantes, como se la habían dado a los anteriores. Al parecer, por lo que pude entender, no encuentran a una chiquilla del lugar a la que llaman niña Aldonza, y me da la sensación que os atribuyen su desaparición. Os prevengo que algunas voces os tildaban de brujos y clamaban venganza.

     - Pero ¿qué diablos le pasa a esta gente? Primero nos miran con desconfianza y a poco más ni nos dirigen la palabra. Y ahora es posible que nos acusen de hechicería. ¡Lo que faltaba! – se quejó Tec.

     - Pues sólo una persona que parecía tener algo que ver con el bar y algo más de cabeza les llamaba al orden y les pedía que se calmasen – insistió Alberta.

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